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martes, 3 de mayo de 2011

R.I.P.


"Aquí había sido primero como una sangría, un vapuleo de uso interno, una necesidad de sentir el estúpido pasaporte de tapas azules en el bolsillo del saco, la llave del hotel bien segura en el clavo del tablero. El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así, eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír..."
Julio Cotázar- Rayuela, capítulo 2

Han asesinado a mi pasaporte. De un gillotinazo. Fue un policía. Nunca sabes cuándo te puedes fiar de esa gente. Ni siquiera se inmutó cuando vio mi gesto de dolor y me sintió apretar los dientes. Se había acabado. Un empacho de sellos. Zas. Adiós.

-Se lo puede quedar- y me dio el cadáver acompañado de otro idéntico en blanco...

Con el cadáver aún caliente salí a la calle. Era abril. Me senté en un banco. Pensé en el horrible crimen que dejo atrás, bárbaro, impune... Al fin y al cabo dependíamos el uno del otro. Yo de él y él de mí. Entre todos esos sellos encontré todas las personas que algún día fui. El me apoyó como nadie cuando contaba historias increíbles de viajes. Cuántas veces recurrí a sus páginas para explicar el frío de la Patagonia, la inmensidad de los desiertos de sal, el sol abrasador de África... cuántas miradas desconfiadas ha recibido por mí en fronteras lejanas, polvorientas, apestosas... cuántas veces temblé por no sentirlo en el bolsillo bajo la mirada sentenciadora de un guardia de aduanas... Pero ahora había muerto y tendría que vivir con ello.
Paseé durante algún tiempo por las calles llenas y bulliciosas. La locura de los parques atestados de gente me hizo sonreír. -Al fin y la cabo es sólo un libro-pensé- al fin y la cabo cada sello es como un imán sobre una nevera, un detonante, una señal que desata el recuerdo en sí, un pedazo de papel con una inscripción borrosa de los que deciden si te dejan pisar o no su tierra, nuestra tierra, mientras te miran prepotentes por encima del hombro. -Es tan sólo un maldito pasaporte- me dije- pero no me atrevo a arrojarlo al río, a desteñir sus sellos, a profanar su barriga llena de borrones de tinta vomitada por los que han decidido que este mundo ya no es de todos y te intimidan cada miles, o cientos de kilómetros... Lo cerré y lo metí en el bolsillo. Al llegar a casa lo arrojé al fondo de algún cajón... allí podría descansar en paz, oculto, contando sus vueltas por el mundo a una tarjeta de crédito caducada, un billete de avión viejo y tres bolis sin tinta...