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jueves, 10 de octubre de 2013

En Blanco



Un cuaderno en blanco regalado es un compromiso. El “regalador” espera que lo llenes y el “regalado”  teme no poder llenarlo. Por otra parte el “regalador” pretenderá leer lo que en “su” cuaderno pone, pretenderá gratuitamente robarte un pedazo de vida, una receta de cocina o la alineación de España en el mundial del 94, o en el peor de los casos una ecuación en la que x es igual a infinito, o la “Guerra de los 100 años”… esto constituye en si mismo un acto delictivo de primer orden.
¿Y qué decir del regalado? ¿Qué contar de ese nudo en la garganta al observar, abrumado, que tiene un ciento de páginas que llenar? ¿Cómo le contará a su jefe, a su mujer, a sus hijos, que cuándo nadie le ve ejerce el feo y solitario vicio de la masturbación intelectual? ¿Qué dirán los vecinos en el ascensor cuándo descubran que ESO que lleva bajo el brazo es un cuaderno nuevo, con 200 hojas de 80 gramos y tamaño DIN-A4, vírgenes como ninguna de sus esposas, como algunas de sus hijas?
Una tarde de mayo me regalaron un cuaderno y enseguida mis manos sintieron la perversión oculta de aquel acto, enseguida mi cerebro entendió el pecaminoso hecho al que estaba condenado. En cuanto entendía que debería llenarlo me puse manos a la obra todo lo rápido que pude.
Fue en Otoño. Lo intenté con hojas secas. Creí que sería sencillo mezclar hojas con más hojas, parecía muy lógico. Meticulosamente  metí varias hojas aún verdes en mi cuaderno nuevo. Parecieron no gustarse, las verdes se pudrieron y las otras, las blancas se mancharon y arrugaron. Tuve que arrancar algunas.
No me rendí. Más tarde, en invierno, lo rayé cuidadosamente e hice pequeñas celdas: Lo llenaría de firmas, cientos de firmas, cientos de garabatos ilegibles importantes sólo para el autor y el que cobra el cheque. Me lancé a la calle muerto de frío y descubrí mi cuaderno vacío, todos querían firmar por las ballenas, por la sanidad pública, por el matrimonio gay… pero ABSOLUTAMENTE NADIE quiso firmar por el simple hecho de llenar un cuaderno en blanco. Muchas Hojas se perdieron, quedaron inútiles con celdas lo suficientemente pequeñas como para escribir nada.
No desistí y la primavera se apoderó de las calles. En mitad de aquel despliegue febril de gente estornudando, jóvenes besándose y animales copulando, decidí llenarlo de poemas. “Será sencillo-pensé- otros lo han hecho antes”. Escribí como un loco durante días. Sonetos, liras, cuartetos, tercetos, ABAB-CDC, alejandrinos, asíndeton… la poesía fluyó por mano en un vómito rabioso y obscenamente creativo. Escribía a todo lo escribible y a lo que no pude escribir con palabras le puse música, y soñé como nunca.
Llené mi cuaderno incluso por los márgenes, improvisados como pentagramas para musicar lo que no pude escribir. Lo rechazaron en 10 editoriales, en otras tantas revistas y en muchas de las conversaciones. Pasó por cien manos, cien ojos y cien orejas, cortaron y recortaron lo que quisieron, lo censuraron, lo vapulearon, y más tarde me lo devolvieron. Rabioso, a pocos días de llegar el verano, arranqué todas sus hojas y las quemé en una hoguera enorme, era el día de San Juan. Nunca tantas palabras hicieron tan poco humo. Sólo quedó entre mis manos las dos tapas de cartón y un ridículo muelle uniéndolas.
Hace unos días vi en la plaza al asesino que me regaló el cuaderno, sin mediar palabra me abalancé sobre él y de un firme derechazo lo derribé en el suelo y sobre su pecho arrojé aquella cosa con dos pedazos de cartón y un muelle, aquel monstruo lleno de ausencias… 

Gracias Julio, por tu reloj... 



NOTA: Este relato lo escribí hace 4 años, cuando me regalaron un cuaderno que se convirtió en mi cuaderno de viajes, más tarde lo perdí  y hace tres meses lo recuperé, muchas gracias por devolvérmelo.