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sábado, 25 de junio de 2011

La sabana se despereza bajo la panza de una densa bruma. todo parece mentira, todo parece ficción. Me asomo a la ventana del camión y el aire aún frío me recuerda que debo estar despierto. Algunas girafas cruzan por nuestro camino. Parece todo tan poco real. El frío es real. Los baches son reales. La mañana también. También huele a "mañana". Pero esos animales imposibles...
Respondo un par de preguntas. Respiro un rato para ganar paciencia.
Dos guepardos atraviesan la hierba. Los ametrallamos a fotografías. Cientos de "clicks" se vuelcan sobre semejante bicho. Más adelante un serval, un raro "gato" de sabana nos mira con curiosidad. Despierta menos espectación a pesar de ser mucho más raro. Creo que la gente solo se interesa por "los grandes" y los más "pequeños" permanecen al margen. El aire se comienza a calentar, el sol pica. Ahora todo parece más real.







viernes, 24 de junio de 2011

Muerte alada.

Lo confieso. Siempre me ha atraído la muerte. La escatología. Las cosas últimas de los seres vivos, la evaporación, la fuga de la vida en sí. Encierra tanta belleza la agonía del final como la vida misma. Es tan bello (en el concepto absoluto de belleza, como algo sobre sobrecogedor y desconcertante) un alumbramiento como una muerte. Es tan natural la llegada como la ida. Es tan noble el consuelo de la comadrona como el del enterrador.
No me asusta que me impresione la muerte y que en cierto modo me resulte bella. No tengo miedo a ese escalofrío que me atraviesa cada vez que, delante de mí, un animal terriblemente bello descuartiza a otro igualmente bello pero desafortunado. Pienso que es el estado natural de las cosas y disfruto enormemente del momento sin ningún tipo de remordimiento. No me sorprendió entonces que mucha gente hubiera sentido lo mismo antes. Ellos escribieron libros. A mí se me cayeron los prismáticos al suelo.




Muerte puta, muerte cruel,
muerte al pedo, muerte implacable,
muerte inexorable, misteriosa muerte.
Muerte súbita, muerte accidental,
muerte en cumplimiento del deber.
Texto: fragmento de un poema de Oliverio Girondo
Foto: Águila marcial devorando una gacela de Thompson en el Serenguetti.

jueves, 9 de junio de 2011

Hatari!



“El peligro no es cuestión de un par de golpes,
el peligro es no saber a dónde ir”
Revolver.
Peligro. Huida. Miedo de presa. Viene cuándo menos te lo esperas… y ¡zás! ya no hay que hacerle.
Era de noche, en la orilla del lago todo parecía tranquilo. Discutíamos sobre las dificultades de la ruta. Habíamos mandado a todos lejos porque los hipopótamos hacían mucho ruido. Estaban nerviosos y se enfrentaban en el agua. Y nosotros demasiado cerca. Una imprudencia. De pronto salen dos machos del agua, los vemos cerca…
Alguien dice: -Un macho y la cría… ¡no! Dos machos… se van a pelear… ¡corred!...
Y todo permanece en tinieblas… todo se vuelve confuso… sólo recuerdo una de esas bestias corriendo hacia nosotros, recuerdo sentir la vibración en la planta de los pies hoy llenas de arañazos. Recuerdo que corrí sin sentido y que no miré atrás… estuvo tan cerca… Ese nudo en el estómago, correr, correr y correr… no miré a uno solo de mis compañeros, me importaron menos que nada, solamente después, cuando volvió mi parte racional, les pregunté cómo estaban. Era presa, era el que estaba en peligro y sólo quería salvar mi vida. ¿Tú que hubieras hecho?.
A los 4 días un león dormía apaciblemente en la entrada a los baños del Ngorongoro. Nadie tenía ganas de mear. Sonreí porque por fin alguien más se sentía presa.